No pares de hablar, Enrique

Publicado: 09/02/2014 en Comunicación
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“Roca, ¿qué dicen estos merengones? Pasa de ellos”, me decía Enrique Alcat todos los lunes al poco de llegar a la redacción. Estábamos enfrascados en las clásicas tertulias futboleras de la redacción de los lunes por la mañana con el café y el cigarro. “Siempre están llorando”, me susurraba al oído y nos reíamos. Era la época fuerte de su Barça. Y él, como no, sacaba pecho, pero no daba la tabarra con el fútbol.

Esta era una conversación cualquiera con mi amigo Alcat, más conocido como Ulcat por los que nos sentábamos cerca de él en la redacción  del malogrado diario NEGOCIO como Andrés Garvi, Luis Ordóñez, Borja MEC o Israel García Juez. Al final, casi todos le llamábamos UL. Me acuerdo que él se repetía el mote. UL, UL, UL, supongo que para oír si sonaba bien o era una horterada de tomo y lomo. Le gustó el sobrenombre, tanto que cuando me llamaba al móvil me decía: “Roca, soy UL”.

Llegó al periódico para ser el director de comunicación, una función que los muy necios de los editores no le dejaron hacer. “La cantidad de cosas que se podrían haber hecho con ese proyecto”, me repetía cada vez que nos veíamos.

A las pocas semanas de conocernos nos caímos bien. Fue algo de mutuo acuerdo. Los dos teníamos muchas cosas en común y nos dimos cuenta. Nacía en 2007 una amistad, de las que molan y de las que más orgulloso estoy por infinitas cosas. Éramos más que compañeros de trabajo. Diría que teníamos hasta cierta complicidad, tanto que con una mirada ya sabíamos qué pensábamos.

Lo que más nos gustaba era conversar, largo y tendido. Hablábamos de todo y de todos. De los amigos y los enemigos. Pero cuando más aprendía de él, era cuando se explayaba hablando de comunicación y periodismo, nuestra pasión. Era una gozada escucharle en la barra de un bar con una caña o un vino. Me contaba historias únicas y te atrapaba. No podías salir de la conversación. No querías que dejara de hablar.

Su capacidad de comunicación era de tal calibre que lo último en que pensabas era en que te tenías que ir a casa. Además, siempre que podía, con una sonrisa. Me acuerdo que él me decía que tenía por costumbre entregarse en las relaciones humanas. Y tanto que lo hacía. Se preocupaba de todos y de todo. Te preguntaba por todo, por la familia (sobre todo mi padre y mi mujer), amigos, compañeros, el trabajo, tu futuro, no dejaba títere con cabeza. Repasábamos todo. Eso sí, el era más reservado, sobre todo, con su vida privada. Cuestión de elegancia.

A pesar de dejar de trabajar juntos continuamos manteniendo una excelente relación. Quedábamos a comer y nos metíamos un buen homenaje. Nos gustaba el buen comer siempre acompañado de un excelente vino. Nos lo pasábamos genial. Disfrutábamos a tope el uno del otro y el otro del uno. “Hay que repetir”, era la última frase. Nos gustaba hacer más fuerte nuestra relación. Y para ello pues quedábamos. También hacíamos quedadas con los amigos de Negocio. Patri, Marcos, Eladio, Nacho, Andrés, JP, Lordo, Dani, Miguelín, Piter, Giorgio, nos juntábamos y nos lo pasábamos de lujo.

Todos disfrutamos de su amistad. De UL, el auténtico. Si lo normal era conocerle por su profesión, ya sea como docente o como consultor de comunicación, lo mejor era en el terreno corto, en el tú a tú, en definitiva, en la vida. Ahí, también destacaba Enrique. Siempre tenía la mejor palabra, el mejor consejo, sobre todo en el ámbito profesional. Ya saben, los periodistas salimos de la redacción y solo hablamos de trabajo. Somos así. Nos gusta tanto nuestra profesión que no la soltamos ni un minuto.

Pero otra característica de Enrique, como excelente comunicador, era escuchar. Sabía conversar. Respetaba al prójimo en la charla. Aunque como cogiera carrerilla se podría enrollar demasiado, dependiendo del tema de conversación. Pero lo que nunca se me olvidará, es su risa. Nos reíamos muchísimo, sobre todo cuando nos juntábamos la pandi de Negocio. Él disfrutaba, como todos. Son esos momentos los que uno recuerda de Enrique con especial cariño.

Además le daba igual estar hablando conmigo que con un fotógrafo de 26 años, con Isidre Fainé o Ferrán Adriá que con sus alumnos. Era un camaleón de las relaciones humanas. Me he cruzado con mucha gente en mi camino, y de verdad, muy pocos tienen el talento de Enrique para comunicar. Era una bestia de la comunicación. Y la profesión lo respetaba. Se había ganado a pulso, con su esfuerzo y trabajo, todos los éxitos de su vida profesional, que son unos cuantos. Podéis verlos en su web enriquealcat.com.

Solo el cáncer ha podido parar su frenética ascensión hacia el Olimpo de la comunicación. Tenía en mente varios proyectos. Siempre quería más, pero sobre todo, hacer más por los demás. Enseñar, asesorar, escribir. Son acciones que tienen un único objetivo: el otro. Ayudar a crecer a las personas. Él lo hacía constantemente. Y casi sin querer. Como cuando escribía un libro, le salían solos. Tenía mucho que contarnos, y se nos ha ido con muchos secretos, algunos no de Estado pero casi, y mucho conocimiento para dar a la sociedad. Qué pena, que dejemos de disfrutar de Enrique. Pero como él decía, hay que seguir, mirar hacia adelante. “Con el esfuerzo se llega a todo”, me decía.

Ahora, nos toca continuar el camino huérfanos. Pero seguiremos luchando. Trataré de seguir tus consejos, como profesional y como amigo. Muchas gracias Enrique, y por favor, no pares de hablar. Hasta siempre.

PD. La pandi de Negocio ya prepara su homenaje, como a él le hubiese gustado. Estará con nosotros, riéndose y disfrutando de la compañía.

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